Por: Andrés Felipe Delgado López
Psicólogo – Voluntario de Échele Cabeza
En un mundo cada vez más conectado, las adicciones sin sustancias —como la dependencia digital, el uso problemático del celular y la adicción a redes sociales— se han convertido en temas urgentes para la salud mental. Aunque no impliquen una sustancia química, estas conductas adictivas digitales pueden afectar el bienestar emocional, el sueño, las relaciones y la vida cotidiana. Desde Échele Cabeza, proponemos una mirada crítica y compasiva a estas formas de consumo, promoviendo el uso consciente de redes sociales y la reducción de riesgos digitales como herramientas para fortalecer el autocuidado en entornos digitales.
Antes de abordar el tema de las redes sociales, es necesario hacer un paréntesis sobre la conceptualización de adicciones y de conductas adictivas. Por una parte, si bien las adicciones están catalogadas y difundidas por diferentes medios relacionados con la salud mental como una enfermedad crónica, haciendo énfasis en los efectos que generan dificultad al individuo (National Institute on Drug Abuse, 2021), es una posición salubrista que no se adapta a las necesidades del grueso de la población usuaria de sustancias psicoactivas que no quiere o no puede dejar de consumir sustancias, pues el objetivo es la abstinencia. Además, desde este punto de vista se suele desconocer o ignorar las causas multifactoriales que determinan las dinámicas e incluso las problemáticas propias o subyacentes al uso de una sustancia (Pons, 2008).
Ahora, cuando se habla de drogas, desde Échele Cabeza hemos hecho un esfuerzo para cambiar el discurso estigmatizante sobre el usuario de sustancias como actor pasivo que es una indudable víctima de la adicción y no es capaz de tomar decisiones sobre su uso de sustancias, pues usualmente se omite la gran variedad de formas que toman las relaciones que puede tener un usuario con una sustancia o como en este caso, con un hábito o una actividad.
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Sin embargo, para acudir al tema que nos acoge en este artículo, la información suministrada tiene que ver con las conductas adictivas, definición que se aborda desde un enfoque principalmente salubrista, que en algunos casos divide de forma conceptual el abordaje entre una adicción química y una psicológica, encajando en esta segunda lo relacionado con las conductas adictivas (Álvarez et. al., 2011). Mientras que en otros casos hay autores que proponen, desde un punto de vista más amplio una propuesta que aborda la problemática como una sola, pues la adicción, a nivel neuropsicológico, provenga de la fuente que provenga, contiene los mismos o muy parecidos aspectos, generalizando que “la adicción se caracteriza por la necesidad imperiosa de búsqueda de la conducta o sustancia, la pérdida de inhibición ante el consumo y la presencia de un estado emocional negativo” (Rastrollo, 2019, p. 9).
Al abordar la relación entre conductas adictivas y el uso de dispositivos móviles, redes sociales o pantallas, se evidencia que no existe consenso en torno al uso del término adicción aplicado a estas conductas. Esto se debe, en gran medida, al estigma asociado a la palabra, históricamente vinculada a enfermedades relacionadas con el consumo de sustancias. Además, surge la dificultad de conceptualizar este comportamiento como un trastorno, pues no cumple con todos los criterios diagnósticos, como el de la tolerancia (Psiquiatria.com, 2022). No obstante, es fundamental reconocer que puede existir una forma de dependencia —similar a la observada en el uso de sustancias— para hacernos cargo, como sociedad, de las posibles afectaciones derivadas del uso problemático de las redes sociales.
Entendamos el problema de las redes sociales
Para empezar a comprender el fenómeno es necesario identificar el impacto que han tenido las redes sociales en la vida del ser humano, pues si bien por un lado hay una mayor posibilidad de interacción social con otros individuos, de crear lazos incluso más cercanos que con las personas que se convive, o de aprender y tener una retroalimentación sobre un punto de vista o un tipo de información; también puede generar frustración, aislamiento, sensación de soledad, e incluso puede aumentar síntomas relacionados con ansiedad o depresión, por mencionar algunos (Robinson, 2024).
Es indiscutible que el uso de pantallas y redes sociales cada vez se ha hecho más imprescindible en la vida de todos, desde la interacción entre pares o familia, hasta la difusión de información valiosa de la docente, del jefe o incluso el acceso mismo a un sistema de transferencias bancarias. Sin embargo, dada la intensa necesidad de interacción del ser humano, las redes sociales son particularmente una oportunidad para acaparar la atención y el tiempo de exposición a un entorno digital.
Lo anterior, si bien puede parecer comprensible y hasta inocuo, es justamente la búsqueda de esa atención por parte de las redes sociales, lo que puede generar algún tipo de dificultad o dependencia similar al de alguna sustancia o alguna conducta adictiva. Esto debido a que así mismo como en los casos de algunas sustancias, algunos entornos o algunas prácticas que generan al interior de nuestro cerebro una recompensa que promueve la búsqueda de esa sensación, las redes sociales constantemente buscan esa recompensa para mantener la atención y por lo tanto generar publicidad y un rubro económico de ello (Robinson, 2024).
Si bien la situación puede sonar alarmante, no debemos caer en el mismo sesgo que ocurre con el uso de sustancias, donde se atribuye toda la responsabilidad al fenómeno y no al entorno ni al individuo. Es cierto que las redes sociales explotan de manera constante el sistema de recompensa, pero este también se ve activado, en mayor o menor medida, en ámbitos como las compras, la alimentación, el juego o incluso la sexualidad (Rastrollo, 2019). No obstante, así como no todo uso dependiente puede reducirse a una adicción, tampoco basta con explicar la problemática únicamente a partir del sistema de recompensa.
Incluso, podría decirse que el reducir una conducta adictiva al sistema de recompensa implica dejar de lado una serie de problemáticas subyacentes al fenómeno, como en el caso del FOMO (acrónimo de Fear Of Missing Out o miedo a perderse de algo), que implica una presencia incesante en medios digitales debido al miedo a quedar fuera de un entorno social “real” o de no estar a “la moda” y perderse de la interacción del mundo (Robinson, 2024).
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Otro ejemplo de esto es el diseño de los algoritmos, que se puede pasar de largo, se normaliza, o incluso se genera una especie de mito alrededor de este. Como cuando se habla con alguien de x o y producto y eventualmente aparece en la publicidad de las redes sociales. Algo similar sucede al consumir un tipo de contenido, el cual se retroalimenta a partir de la interacción en redes sociales, incluso hasta el punto de desdibujar la primera intención, como empezar viendo videos de recetas y terminar viendo a gente en vivo comiendo sin razón aparente, o empezar a ver rutinas de ejercicio y terminar viendo “las 60 razones por las que no bajas de peso” (Weir, 2023).
En cualquiera de estos casos, se podría pasar por alto que quien usa las redes sociales está inmerso en un contexto, que no solo explota una recompensa neuroquímica, sino que proporciona una forma de interactuar con el mundo, y esto es tan importante como las posibles recomendaciones sobre un cambio conductual alrededor de la abstinencia al uso de redes sociales.
¿Cómo reducir riesgos y daños?
Dicho lo anterior, es momento de hablar de reducción de riesgos y daños. Pues, existen posibles riesgos que se asumen, como los mencionados (aún sin ser consciente de ello) al estar en contacto con los medios digitales. Para reducir estos riesgos es necesario empezar a cuestionar las prácticas y la relación que se construye con las redes sociales y los medios digitales. Algunas de estas recomendaciones son:
- Identificar el tiempo de uso de pantallas o redes sociales: si bien, es innegable la necesidad del uso de las redes sociales para la gran mayoría de personas. Es necesario (como en el caso del café o estimulantes) prever el uso de dispositivos previo a la disposición para dormir, ya que puede afectar la calidad del sueño. Además, si se identifica que el uso de redes interfiere con actividades diarias como manejar, estudiar o trabajar, también es necesario que podamos reconocer el empleo del tiempo que se dispone para sumergirse en el mundo virtual.
- Identificar el propósito de uso: Es crucial comprender la calidad de la exposición en las redes sociales. Aunque el ocio sea el interés principal, este puede dirigirse a entornos específicos (como videos de gatos o viajes). También puede ser un uso estrictamente laboral o social (revisar información de la empresa o interacciones con amigos). De esta manera, se reduce el riesgo de un uso compulsivo o el estrés innecesario derivado de un uso inadecuado.
- Observa tus emociones en el entorno virtual: las redes sociales, los diferentes contextos, las coyunturas o incluso la hora del día pueden influir en cómo te sientes al navegar por internet. Aprender a identificar estas emociones, ya sea al interactuar pasiva o activamente con las redes, te ayudará a evitar el aislamiento o la frustración.
- Es importante fomentar el tiempo de ocio, placer, aburrimiento e interacción fuera del ámbito digital. En lugar de prohibir las redes sociales o estigmatizar las actividades en línea, se busca que las personas puedan disfrutar de todos los recursos disponibles, participando tanto en entornos socioambientales como virtuales.
Finalmente, resaltamos la importancia del autocuidado y del cuidado hacia nuestros seres queridos. Aunque este tema, como muchos otros abordados en Échele Cabeza, puede generar discusiones o juicios sobre prácticas personales o ajenas, invitamos a abordarlo siempre desde el afecto, la compasión y el aprecio. Es válido expresar nuestras preocupaciones, pero no podemos asumir la responsabilidad de los posibles problemas de otras personas. Para ello, siempre hay profesionales dispuestos a contribuir al bienestar. Conoce más sobre el servicio de acompañamiento psicológico de Échele Cabeza.
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Referencias
Álvarez, M; Moreno, G y Granados, B. (2011). Adicciones psicológicas: perspectiva psicosomática. Psiquiatría.com [Internet]. 2011 [citado 05 Sep 2011]. http://hdl.handle.net/10401/4349
Pons, X. (2008). Modelos interpretativos del consumo de drogas. Polis, 4(2), 157-186. Recuperado en 21 de agosto de 2025, de Modelos interpretativos del consumo de drogas.
Psiquiatria.com (29 de diciembre de 2022). Adicción a las pantallas: ¿un nuevo trastorno adictivo?. https://psiquiatria.com/adicciones/adiccion-a-las-pantallas-un-nuevo-trastorno-adictivo
National Institute on Drug Abuse. (2021, junio 23). Las palabras importan: términos preferidos al hablar de la adicción. National Institute on Drug Abuse. https://nida.nih.gov/es/areas-de-investigacion/la-ciencia-de-la-adiccion/las-palabras-importan-terminos-preferidos-al-hablar-de-adiccion
Rastrollo, L. (2019). ADICCIONES CON Y SIN SUSTANCIA: DIFERENCIAS NEUROLÓGICAS. Universidad Pontificia Comillas. Recuperado en 21 de agosto de 2025, de https://repositorio.comillas.edu/xmlui/bitstream/handle/11531/31796/TFG-RastrolloSasalLaura.pdf?sequence=1&isAllowed=y
Robinson, L. (2024). Las redes sociales y la salud mental ¿Es adicto a las redes sociales?. Helpguide.org. https://www.helpguide.org/es/problemas-de-la-adolescencia/las-redes-sociales-y-la-salud-mental
Weir, K. (1 de septiembre de 2023). Las redes sociales aportan beneficios y riesgos a los adolescentes. La psicología puede ayudar a identificar un camino a seguir. Monitor de Psicología, 54(6). https://www.apa.org/monitor/2023/09/protecting-teens-on-social-media



